sábado, 22 de abril de 2017

¿Dónde ponemos el picó?


Esta ciudad no está pensada para la gente. Nunca lo fue. Esta ciudad no está pensada para los niños, los jóvenes, los ciclistas, los vendedores ambulantes, las fritangueras, los carretilleros, los pescadores, los caminantes, los amantes, los bailadores, los cantantes, las palenqueras, los mototaxistas, los loteros, los deportistas, los conversadores, los oidores de música y para los picós: menos.
famosos escaparates de las ciudades de la costa caribe colombiana
Hay dos formas de ver la ciudad. De una parte como espacio y de otra parte, como lugar. El espacio es pensado, normatizado, ordenado y decidido por quienes detentan el poder. El espacio es repartido y determinado según los intereses particulares más tenaces. De otra parte, el lugar es el uso social y cultural que la gente hace de ese espacio. El lugar ocurre marginal al espacio. El lugar es el sentido de ciudad que los habitantes construimos en la vida cotidiana: al comer fritos en la calle; al montar en mototaxi; al cruzar el peligroso corredor de carga; al pasar el charco de Bazurto, sobre una tabla por doscientos pesos; cuando vamos al estadio o al bando, cuando cogemos fresco en el palito de caucho. Hago un esfuerzo por establecer qué aspecto urbano - espacial fue pensado para gente de los sectores populares y, quizás, se deba hablar de los escenarios deportivos que quedaron de los juegos centroamericanos.
Desde el punto de vista espacial Cartagena se densifica por un lado y por otro se expande. Me imagino que en algún momento de los años sesenta la clase dirigente decidió la división territorial así: Bocagrande, El Laguito, Castillo, Manga, Pie de la Popa y Crespo como zonas residenciales para sectores socioeconómicos altos. Y el resto que se acomoden como puedan, pues, lo fundamental es que estuvieran lo más alejados del centro histórico. En esta dinámica de crecimiento urbano hay que tener en cuenta la historia de la arquitectura de la casa popular Cartagenera. En barrios como Torices, La Quinta, La Esperanza, Daniel Lemaitre, El Espinal, entre otros tenemos que la presencia de la casa tipo republicano – popular posibilitó el sentido caribe de la vida, en virtud de su generoso y refrescante espacio. La amplitud de la cocina, por ejemplo, facilitó la práctica de una culinaria que hoy se está olvidando; eran casas donde el picó cabía con toda su bulla, ron y algarabía. Acuérdense de la desaparecida casa del picó El Safari, al pié de la avenida, sector Amberes. Cuando aparecieron los barrios diseñados por el Instituto de Crédito Territorial, en los setenta, la vida caribeña se empaquetó en casas pensadas desde Bogotá. Todos apeñuscados en paneles de cemento caliente, lo que condicionó buena parte de lo que significa vivir en Cartagena. Los cachacos no pueden imaginarse un espacio para el picó. Y menos un lugar.

sound system jamaiquino
He estado en bailes de picós en La Habana, en Caracas, en México DF, en San Pedro Sula (Honduras), en Bluefields (Nicaragua), en Panamá. He estado en picós de pueblo en Magangué, en Turbaco, en Arjona. He visto los picós en Barranquilla, en Providencia, en San Andrés. Conozco de la existencia de picós en Kingston, Puerto Príncipe, Santo Domingo, San Juan, Port de France, Trinidad y también picós en lugares como Londres, Montreal y París. Para no hablar de África. He estado en los picós de Cartagena y hoy, cuando vivimos aquí cerca de un millón de personas y los procesos urbanos son tan desordenados y las decisiones son tan mezquinas, me pregunto: ¿dónde los ponemos? ¿Será que los paisas que pensaron y diseñaron el malecón que bordea la franja costera que va de Crespo a Bocagrande, pensaron donde poner a los picós? Son buenas gentes, pero, tienen una mentalidad tan distinta.
sound system en notting hill, Londres

Había que prohibir los bailes de picós. Lo entiendo y yo hubiera hecho lo mismo, dadas las circunstancias, hay que parar la matazón de alguna manera. Pero, no hay que confundir las cosas. Una cosa es la manifestación popular festiva, como la del picó. Y otra cosa es la violencia urbana vista como repercusión del modelo social y económico imperante, donde lo más importante es el poder de consumo, sin importar cómo se logre. Todo el mundo le quiere pegar al perro y eso se logra por las buenas, o, desgraciadamente, por las malas. Es por eso que quienes deciden el espacio en la ciudad, les toca pensar dónde ponen el picó y a la gente. De lo contrario, sería como quitarle el mar a Cartagena. No estamos lejos de eso.

publicado en el periódico el universal de cartagena
fecha: 26 de septiembre 2010
Autor: Profesor Ricardo Chica Geliz

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